Entre quienes sostenemos los principios del socialismo en nuestro país no podemos negar el brutal empobrecimiento conceptual y la incapacidad de presentarlos de manera coherente con nuestras prácticas políticas, lo que genera dudas, confusiones y rechazos dentro de los propios sectores de izquierda o progresistas. Y, a la vez, una tremenda incapacidad de presentar un debate racional y fundado frente a las ideas hegemónicas del proyecto neoliberal. Este escenario solo puede generar más fanatismo, sectarismo y acción ciega. Y sobre todo regresiones importantes, cosa que ocurre en el conjunto de experiencias de gobiernos considerados revolucionarios o progresistas a nivel latinoamericano, y que aquí no viene al caso analizar.

No es mi intención hacer un tratado sobre estas cuestiones, por razones de espacio y por mis propias limitaciones, sino llamar la atención sobre la necesidad de incentivar un debate con más ideas que juicios de valor, y con más respeto que descalificaciones personales. Las redes sociales han potenciado una forma de debate peculiar: “que vas decir vos que sos un…tal cosa”, insultos, juicios sobre nuestras madres, etc. Eso indica un alarmante grado de desesperación social, de necesidad de no creer en nada, de imposibilidad de construir futuro colectivo. Justamente lo que demanda el “orden” neoliberal para sostener el consumismo, la atomización política y el descreimiento en el potencial de las fuerzas del cambio social.

El primer concepto que curiosamente no tiene una clara definición en nuestros debates es el del poder. En la teoría marxista se entiende el poder como un complejo conjunto de instrumentos de dominación a través de los cuales una clase social, o grupo de ellas, impone su voluntad, valores e intereses al resto de la sociedad. Uno de los instrumentos principales de esta dominación es el Estado, y vinculado al mismo, la política, que es la forma de representación y de definición de intereses sociales en disputa, acatada y legitimada por todos los miembros de la sociedad, que tiene su expresión real en el sistema legal, el territorio, y el conjunto de factores culturales, étnicos, lingüísticos, religiosos, etc. Y la revolución socialista es, en esta perspectiva, la ruptura de este sistema de dominación mediante la preeminencia de los órganos de poder desarrollados por las clases sometidas, otras formas de producción y otras formas institucionales. Aunque todo esto parezca una definición de diccionario elemental, y existan una infinidad de consideraciones que al respecto puedan hacerse, considero suficiente por ahora para algunas reflexiones.

La primera es que no estamos en una coyuntura revolucionaria en la que el modelo capitalista neoliberal esté amenazado. Ni en AL ni en el mundo. En Paraguay menos. Sin embargo, exponentes luguistas insisten en contraponer el gobierno de Fernando Lugo a los demás gobiernos, o proyectos, “neoliberales”. Este primer error conceptual surge de esa elemental definición del párrafo anterior. El gobierno Lugo no fue socialista, sino neoliberal. Llegó a la administración de un poder del Estado por la vía institucional electoral. Su “poncho jurúicha” no puede ser más elocuente: administrar las disputas de intereses de clase dentro del Estado (burgués). Podemos decir que con una sensibilidad particular hacía los intereses y necesidades de las clases subordinadas, pero sin ningún planteamiento de alteración de las formas de propiedad de los medios de producción o alguna otra ruptura en el sistema de valorización del capital. ¡Ni de lejos! Ni siquiera, en honor a la verdad, podemos hablar de una táctica de acumulación de fuerzas con fines revolucionarios, ya que los grupos de izquierda vinculados al gobierno no pasaron de la pretensión de crecer electoralmente mediante el sistema prebendario tradicional. Y siguen sin cambiar de línea.

No hay que olvidar otro fenómeno ocurrido durante el gobierno Lugo: la brusca disminución de las luchas sociales y la desmovilización social, que desde el 2.002 venía produciéndose. Viene al caso la famosa observación de Petras, de que “una revolución social sí puede comenzar mediante un triunfo electoral, siempre y cuando ese triunfo se produzca en la cresta de la ola de una poderosa movilización y lucha popular, pero no cuando la izquierda desmoviliza al pueblo para ganar la tolerancia de los grupos de poder” (cita de Regalado, R.). Lugo fue tolerado por los poderes fácticos como un episodio político porque no existía un bloque revolucionario que lo sostuviera. Asediado por conspiraciones externas y contradicciones internas, era un objetivo frágil de la nueva estrategia inaugurada por la reacción en Honduras: el golpe sin militares ni balas.

Otra opción muy diferente hubiese sido la de orientar la acción del gobierno al fortalecimiento de las organizaciones sociales y el fomento de sus liderazgos. Muy por el contrario, el gobierno atrajo a un sector importante de la dirigencia social a los cargos burocráticos, y contribuyó  a generar mayores distanciamientos entre pueblo y gobierno. No hubo construcción alguna de un sujeto social con la robustez suficiente para respaldar medidas de cambio más radical, ni vanguardia capaz de instalar las tácticas y mensajes adecuados que permitieran mayor fuerza al movimiento popular. El proyecto Cartes encontró terreno abonado para hacer después lo que quería.

Por último, es probable que el Frente Guasu, como sector de la izquierda, no haya sacado lecciones de estas dolorosas experiencias, y se encuentre todavía extraviado en un laberinto por el que transcurren otros procesos latinoamericanos que priorizaron la captura del Estado. Eso puede entenderse y constituye una variedad de revisionismo o falseamiento de principios para acomodarlos a sus intereses electoralistas. Lo inexplicable es que se aboque a sacrificar nuestra débil y amenazada institucionalidad democrática con el mito de un salvador capaz de pactar con su propio verdugo, como dijera uno de sus líderes. Que pacten con sus verdugos, si les gusta. Pero nunca con los verdugos del pueblo.

El socialismo es una tarea civilizatoria global de largo plazo, y requiere del mejor esfuerzo teórico y práctico para avanzar. Creo en la posibilidad de construir colectivamente este avance, a condición de que no sea obra de iluminados o vanguardias auto referenciadas. La actual coyuntura nos demanda más que repetición de consignas o galas ideológicas. Nos demanda capacidad de aportar ideas y racionalidad, de conciliar intereses, de pacificar la política y lograr mayor cohesión social en torno a un proyecto de país. La barbarie del narcotráfico y la amenaza de nuestra disolución nacional están a la vuelta de la esquina. No merecemos otro fracaso más.

Miguel López Perito

Marzo 2017